Sé Parte de tu Propio Milagro

Hombre ciego

A poco de quedarme sin trabajo en abril de 1983 decidí apartar trescientos francos en un sobre, cantidad con la que cubría dos meses de alquiler del cuarto que ocupaba con el otro cubano, costaba trescientos y pagábamos a la mitad. Los había separado para saber que si llegaba a verme apretado de dinero ahí tenía dos meses seguros, mientras tanto iría viviendo del resto de mis ahorros. No me daba por vencido tratando de encontrar trabajo por la izquierda, todos los días salía recorriendo calles y calles buscando por todas partes las ofertas de empleo que anunciaban en casi todos los comercios pero nada aparecía. Ahorraba lo más que podía pero mi reserva se iba agotando, rechazando todo pensamiento de que yendo a pedir ayuda en caso de necesitarlo cualquiera pudiera decirme, ¿no es Dios quien te metió en eso? pues que te ayude ÉL, finalmente estaban en su derecho después que por voluntad propia había abandonado mi trabajo, nadie me había obligado. Creía no equivocarme a la hora de identificar aquella realidad como una prueba de fe y estaba dispuesto a probarlo hasta donde pudiera soportar. Para mi era necesario descansar en esa fe mientras tuviera fuerzas. Nunca le fui una carga para mi compañero de cuarto pues todo el tiempo le hice frente a mis gastos como si la vida hubiese continuado sin contratiempo alguno.

Así llegó el día en sin haber encontrado trabajo y agotados los ahorros tuve que echarle mano a aquel sobre que estaba allí como termómetro para medir la temperatura de mi situación financiera. Tome uno de los tres billetes de cien francos que tenía por si acaso necesitaba cambiarlo ese mismo día pues lo que me quedaba en el bolsillo serían unos quince francos en monedas. Esa noche me fui a una reunión de oración a la que asistía todos los jueves en casa de André Orluck, un miembro de la iglesia evangélica francesa y al regreso al bajarme en la estación del metro La Muette hacía mi rutinario recorrido por la Rue Singer rumbo a Colonel Bonnet donde vivía. Lo mismo de día que de noche con frecuencia me encontraba con un joven ciego que pedía limosna sentado en los escalones de la entrada del correo y al que siempre le daba alguna moneda. Desde cierta distancia pude darme cuenta que esa noche también estaba allí, lo que me extrañó por lo tarde que era, pero en cuestión de instantes me convencí que ya no estaba en condiciones de darle nada, lo que era evidente por la situación en la que me encontraba. Así llegue hasta el punto en que iba a pasar de largo y seguir mi camino pero algo me detuvo frente a él, no pude continuar.
[Leer Más…]

Encuentro Con los Misioneros Claretianos – Paris 1983

Claretianos - PARIS

Parroquia de los Claretianos.
Rue de la Pompe – Paris.

Por mucha fe que tuviera de que Dios me ayudaría en aquella experiencia, estaba sin trabajo y no podía quedarme con los brazos cruzados. No me sentía cómodo pidiéndole a nadie que me ayudara a conseguir trabajo pues yo era el único responsable de haber perdido el que tenía, eso entre los conocidos por supuesto. Cada día salía desde temprano a recorrer los alrededores buscando unas noticas que pegaban en todos los establecimientos las personas que pedían cualquier tipo de servicio, anotaba los teléfonos y me iba a una cabina a llamar. Así fueron pasando las semanas pero no acertaba con ninguno. Sabía que no era fácil que me aceptaran sin recomendación y sobre todo por ser hombre tenía muchas menos posibilidades pero lo seguía intentando.

Era sábado 23 de abril y como de costumbre me fui al apartamento de Jorge a donde iba cada quince días a esperar llamada de Cuba. Aquel día lo que me encontré fue una familia desesperada, no podían entender el cambio en mi comportamiento y hacían todo lo humanamente posible porque entrara en razones. Hasta llevaron con ellos al pastor de la iglesia para ver si lograba hacerme reflexionar, quien me recomendó tres pasajes bíblicos para que meditara en ellos, los que encajaban muy bien desde su punto de vista, pero desde mi perspectiva no era más que un llamado a ser fuerte y resistir, a no dejar el camino que había tomado por fuerte que fuera la oposición. No obstante, al escuchar la voz de mi madre no pude menos que lamentar el haber prestado atención a aquel supuesto llamado de Dios, lo que representaba arriesgarse demasiado en aquella aventura en que me había metido de momento no veía forma de remediar  el daño que estaba ocasionando.[Leer Más…]