Ley de Memoria Histórica: Una Deuda con el Pasado

Hasta el artículo anterior compartí muchas de las experiencias vividas en Cuba, experiencias que dejan ver la naturaleza de un sistema que ha intentado demostrar que es la opción más justa que puede guiar los destinos de nuestra nación, fallido intento en que no ha faltado la intolerancia, el abuso de poder y la violación de derechos. Ese ha sido el pan de cada día de los cubanos, aunque tristemente aún encuentre entre ellos quienes lo sigan defendiendo. No es una sola la razón que muchos han creído encontrar como la causa de que hayamos corrido esa suerte, pero independientemente de que sean o no acertadas dichas razones, es inevitable que nos sigamos preguntando, ¿por qué hemos sufrido tanta humillación y abuso? ¿Por qué hemos sido testigos de tal deterioro moral y material de nuestra querida isla? ¿Cuál ha sido el propósito de lo que hemos vivido?

Quería escribir al respecto pero no estaba seguro de hacia dónde enfocar mi atención como el elemento de más peso en todo este rompecabezas de nuestra realidad. Así fueron pasando los días hasta que decidí recurrir a Dios en oración, poniendo a prueba una vez más a Jeremías 33:3  donde dice: “Clama a mí, y yo te responderé, y te enseñaré cosas grandes y ocultas que tú no conoces”. Era casi media noche, me senté lo más tranquilo posible y me quedé en silencio por largo rato sin intentar encontrar por razonamientos una respuesta a la interrogante. Así estuve hasta que una frase vino a mi mente, “Memoria Histórica”. No la escuché, pero era como si mi propia mente la hubiese pronunciado, tampoco había estado pensando en nada que tuviera que ver con aquello. ¿Qué quería decir aquella frase al parecer sin relación alguna con mi petición? A la misma le siguieron una serie de imágenes que ya me mostraban que no era tan ajena a la pregunta que había formulado y así fue que comencé a ver ante mí un triste escenario que hasta ese momento había estado fuera de mi conciencia.

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Solo Dios Puede Cambiar el Corazón de los Hombres

Este tiempo lo dedicaré a recordar a mi compañero de cuarto, el testigo más cercano a la experiencia que estaba viviendo. Sé que para él no fue nada fácil enfrentar aquella situación, pero el haberle encontrado por supuesto que no fue fruto de la casualidad, para mí fue algo de mucha importancia. Gracias a eso es que ahora puedo compartirles este relato que nos ayudará a comprender por qué solo la intervención de Dios puede cambiar el destino de nuestra isla.

A medida que iba comentándole la experiencia que vivía, le iba mostrando partes de la Biblia cuyo mensaje mostraba situaciones que reflejaban claramente la situación de Cuba, pero sin importar cuan acertado fuera lo que le leyera, siempre me decía que no me hiciera ilusiones que aquello nunca cambiaría, y por supuesto que tenía argumentos de sobra en que apoyarse. Pasaban los días y él seguía insistiendo para ver si yo me daba cuenta de la realidad y reconocía que aquel camino que había tomado carecía de sentido. Un buen día me dijo que tenía que contarme algo, para que entendiera por qué me decía que desistiera de mi empeño, y así fue que comenzó aquel relato que confieso me agarró de sorpresa.

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