Cuando se Intenta Vencer con la Traición

Continuación de

Cárdenas, Marzo de 1980.

Una noche se apareció mi pariente a la casa diciéndome que temprano en la mañana sin falta tenía que ir a la estación de policía a hacer la denuncia. No se trataba de que quisiera o no, se trataba de salvar el pellejo y de no permitir que me jodieran a mí. Así mismo me lo dijo, “tienes que moverte rápido porque te van a joder”. Tenía sus contactos y de alguna forma supo que estaban listos para arremeterla en mi contra, y todo vendría orquestado por el falso almacenero, el de la policía económica y por supuesto que de Seguridad del Estado, que según su plan de ataque tenía bastante argumento de las tantas veces que me había advertido que tomara cartas en el asunto y yo no había hecho nada. Gracias al pariente es que pude adelantarme para que no pudieran joderme, perdonando el término. De no ser por él hubiera sido víctima de aquel grupo de gente sin escrúpulos, y no me extrañaba que la traición fuera el método que utilizaran para defenderse, pues tanto los unos como los otros sabían que eran todos culpables , solo que tenían que hacer lo imposible por no ser descubiertos.

En ese momento ya no me cuestionaba por el paso que iba a dar porque de veras que se lo merecían. No ignoraba la realidad del lugar adonde tendría que ir, la policía, integrada por individuos del mismo material humano que los iba a denunciar, peor aún, pues estos tenían la maquinaria del poder en sus manos. De alguna forma se verían obligados a simular alguna acción contra la gente de la brigada, pero se quedarían con las ganas de atraparme a mí. Está claro que intentaban impedir a toda costa que alguien que se les había atravesado en el camino saliera ileso, pues los intocables no podían ser tocados. Sabía de sobra que con cambiar a los acusados a otro lugar ya sería suficiente, si es que los cambiaban. No sucedería nada en lo que tuviesen mucho que lamentar, ni alboroto siquiera, pues todo tenía que quedar en casa.

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Viviendo Bajo Amenaza de Cárcel

Había salido de aquella oficina de Seguridad del Estado consciente de la amenaza que se cernía sobre mí y hasta cierto punto digamos que agradecido de aquel oficial que me había alertado de lo que me tenía que cuidar pues de no haberlo hecho habrían tenido más posibilidades de que cayera en la trampa y parar en la cárcel. Tenía que estar preparado porque ya sabía que se encargarían de enviarme a quienes me hicieran la propuesta de salida ilegal. En lo adelante de no ser una persona de mucha confianza que se me acercara no podía permitir que el encuentro con cualquier desconocido fuera más allá de un simple saludo, pues el dar pie a una conversación más extensa podía resultar comprometedor.

Era difícil aceptar que aquella realidad que se seguía develando ante mi era la de mi propio país y la forma en que se iba degradando cada vez más. Me daba cuenta lo que había significado el haber desechado la posibilidad de salir en el viaje a Hungría para quedarme fuera de Cuba, sin duda que hubiera sido mucho más fácil, sobre todo me hubiera librado de aquella pesadilla, pero el atravesar aquella dura experiencia tenía un valor incalculable. Cada día aportaba nuevos elementos, eran una sorpresa tras otra, una intriga tras otra, una indignidad tras otra. Quién iba a hacerme cuentos del socialismo si lo estaba experimentando en la plenitud de sus miserias. Tenía la voluntad de luchar y valía la pena soportar todo lo que viniera por desenmascarar aquella realidad que enfrentaba nuestro país y confiaba que por duras que fueran las circunstancias sentía que no me iban a vencer.

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